Los mundos sociales de las torres de Buenos Aires: “las cosas no son tan así”…

Prefacio a Fronteras urbanas, de Eleonora Elguezabal

N. de la R: el texto de esta nota reproduce el prefacio a la edición en castellano de Frontières urbaines: Les mondes sociaux des copropriétés fermées, de Eleonora Elguezabal (edición original en francés: Rennes, PUR, 2015), que será presentado en abril por café de las ciudades.

El libro se basa en la tesis de doctorado en Sociología de la autora, defendida en 2011 en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París, Francia, y cuyo director de tesis fue el mismo Topalov. Según Elguezabal, “este libro propone un análisis minucioso de un caso particular: el de las “torres” de la Ciudad de Buenos Aires, la capital de la Argentina. Se trata de edificios residenciales cerrados que han sido construidos por el desarrollo inmobiliario privado desde fines de los años ochenta, y sobre todo a partir de los noventa. Estos edificios han sido objeto de estudios académicos críticos que han visto en ellos enclaves residenciales similares a los countries y barrios privados suburbanos (que fueron los que primero y más llamaron la atención en ámbitos de investigación y de debate político)”.

 

Este libro invita a volver sobre una gran cuestión a partir de la observación de pequeñas cosas. Permite medir los efectos de la introducción de una micro-sociología de inspiración etnográfica en discusiones que movilizan desde hace unos quince años a geógrafos y sociólogos de las “ciudades globales”. Ofrece también una ocasión poco común de constatar los cambios de conversación que puede entrañar un cambio de escala de la investigación.

En el mundo de las ciencias sociales que tratan sobre temas urbanos, una doxa se ha instalado, tanto más inexpugnable cuanto que se ha validado de manera internacional: la gran ciudad globalizada estaría hoy fragmentada en espacios residenciales aislados o guetos; por un lado los de los pobres, por el otro aquellos de los ricos. Este fenómeno se manifestaría particularmente en el continente americano, desde las gated communities de Los Angeles hasta los condominios fechados de San Pablo o los countries y las torres de Buenos Aires. Los ganadores de la globalización habrían construido así una ciudad autosegregada, una ciudad privada alrededor de la cual se levantan muros reforzados por dispositivos de seguridad infranqueables, para protegerse de los otros, de los pobres, de los postergados en la otra orilla de la ciudad dual.

Este modelo de descripción permite, sin lugar a dudas, percibir ciertos aspectos de las metrópolis actuales y, principalmente, la violencia de la batalla llevada a cabo por los actores del mercado inmobiliario y sus sostenes políticos y financieros contra los estratos populares y contra aquello que hace todavía de la ciudad un espacio compartido por todos. Pero, como la mayoría de los vestidos cortados con demasiada amplitud, este modelo oculta también ciertas formas que pretende revelar. Se trata justamente de las realidades apartadas del campo visual lo que el libro de Eleonora Elguezabal se esfuerza en poner en evidencia.

 

El modelo dominante presenta el inconveniente de suponer que las cosas son como pretenden sus promotores que sean: es decir, que las puertas de esos espacios se mantienen siempre cerradas y controladas, que nadie que no se asemeje a quienes viven allí entra, que quienes viven allí están protegidos del mundo exterior y seguros de ser eso que estiman ser: los mejores. Incluso hay sociólogos o idóneos para ponerle conceptos a esta reivindicación singular de la clientela afortunada de los promotores inmobiliarios: ella constituiría una “elite global” o “clase creativa”.

Solo que, tanto con respecto a los espacios populares como a los espacios de las clases privilegiadas de los que aquí se trata, cuando se observan los hechos a una escala más fina, uno se da cuenta de que las cosas no son tan así.

¿Superioridad social? No hay nada seguro en eso. Eleonora Elguezabal estudia la circulación de etiquetas que sirven en Buenos Aires para designar a los conjuntos residenciales cerrados y las luchas de clasificación que van a permitir llamarlos o no “torres”. También observa que los habitantes de barrios privilegiados donde el promotor proyecta la construcción de sus torres no quieren que estas hagan sombra sobre sus bellas casas, ni tampoco que un dinero demasiado reciente venga a salpicar una fortuna de tanta pátina que casi olvidamos su origen. Finalmente nota que, entre los propios residentes, existen conflictos despiadados por la supremacía simbólica y el uso de los espacios compartidos. Se miran por encima del hombro unos a otros, se comparan con el modelo, haciéndole reproches al vecino que está allí y que contradice la imagen que se habían hecho del lugar que deben compartir.

¿Aislamiento? Los residentes sienten que viven allí en el curso de una trayectoria residencial que, tal vez, los conduzca luego a otra parte, y mientras tanto siguen circulando cada día, a veces intensamente, por el espacio urbano. Y, sobre todo, la barrera de entrada es un colador. Tanto de día como de noche, otros, además de los ricos, entran y salen de las torres cerradas con doble llave: personal de limpieza, de mantenimiento y de seguridad conectan las residencias más cerradas con la gran ciudad en su inmensidad, incluyendo sus barrios más pobres. Eleonora Elguezabal retoma aquí la mirada de los cineastas que han sabido adoptar sobre los que están arriba el punto de vista apasionante de los que viven con ellos abajo –como Renoir en La regla del juego (1939) o Altman en Gosford Park (Crimen de medianoche) de 2001.

¿Seguridad? Observando en detalle lo que en efecto hacen los guardias en las entradas de las residencias se descubre que no están habilitados para intervenir si un residente es agredido en la calle del otro lado del umbral; que su principal tarea consiste en saber identificar de un vistazo a quién dejar pasar sin ser controlado y a quién detener; que su rol es esencialmente el de controlar la docilidad y la circulación del personal de servicio.

Operando de esta forma un cambio de escala radical en la observación, ya no son enclaves urbanos los que Eleonora Elguezabal observa sino un “trabajo de enclave” que falla pero se reanuda. Se trata así de renovar la descripción de la formación, la porosidad, los desplazamientos de las “fronteras urbanas”.

El libro muestra de esta forma la fragilidad de los conceptos demasiado firmes y, a la inversa, la fuerza de las cosas que parecen pequeñas miradas desde una altura excesiva. No es la primera vez que este tipo de operación se lleva a cabo en ciencias sociales, y se podría proponer una analogía entre el concepto de “ciudad dual” y el de “totalitarismo”. Ambos presentan un punto en común: el de considerar como la realidad la representación que dan del mundo y de sí mismos quienes ocupan el poder o se benefician de él. ¿Los folletos publicitarios de los promotores inmobiliarios y administradores de copropiedades cerradas afirman que están habitadas por la elite y cerradas al resto? Les creemos. ¿La propaganda del Partido proclama que la población adhiere en su totalidad a sus consignas? La tomamos en serio. Hacemos como si estos poderes económicos o políticos, supuestamente todopoderosos, ordenaran la sociedad como ellos la interpretan, hasta hacerla finalmente desaparecer. Excelentes trabajos de microhistoria y de sociología etnográfica sobre los difuntos regímenes comunistas han demostrado que esto no es así. Se trataba por cierto de dictaduras, pero los actores sociales desplegaban una energía sorprendente para usar los dispositivos del régimen para sus propios fines. El libro de Eleonora Elguezabal opera de forma discreta una revolución metodológica análoga en materia de geografía de las grandes ciudades.

Este punto de vista crítico sobre una conceptualización bien establecida no era fácil de llevar a cabo y uno puede interrogarse sobre las condiciones que lo hicieron posible. A mi entender, es gracias a una práctica reflexiva de las ciencias sociales, noción que no siempre ha sido bien comprendida ni recibida. Muchos son los investigadores a quienes les molesta esta reivindicación: hay mejores cosas que hacer, dicen ellos, que preguntarse sobre sí mismo y perseguir una objetivación de la posición del científico como en un juego de espejos sin fin, imposible de acabar. Las ciencias sociales tienen por objeto y por deber comprender o explicar el mundo social, el resto sería pura pose o cháchara.

Lo que demuestra la investigación de Eleonora Elguezabal es que una reflexividad metódica no tiene mucho que ver con una auscultación solitaria de sí mismo o una “ego-historia”: es, en realidad, una herramienta para hacer nuevos descubrimientos, un camino suplementario hacia el objetivo mismo de la investigación.

Sin duda, el itinerario biográfico e intelectual de la autora entre Buenos Aires y París da por resultado una sociología doblemente “con acento” y la posibilidad de interrogar las evidencias que prevalecen en cada uno de estos lugares. Ella ha sabido reconstruir sus tanteos hacia la formulación de preguntas, los ensayos y errores en los enfoques del terreno. Si hay un rasgo que distingue las ciencias sociales del ensayo o de la literatura es esta manera de, una vez construida la casa, dejar el andamiaje a la vista, dando a conocer cómo se han adquirido los saberes que pretendemos adquirir a partir de allí. Algunos llaman a esto “metodología” –una palabra que innegablemente “hace a la ciencia”. Otros prefieren describir un derrotero hecho de dudas, bifurcaciones, elecciones. Un itinerario recorrido sin mapa, pero no sin brújula, ya que nuestras ciencias exploran el mundo social provistas de herramientas.

La práctica reflexiva de la sociología propuesta aquí se define primero por el hecho de que, antes de buscar una respuesta a la cuestión planteada, Eleonora Elguezabal investigó sobre el origen de la misma. Y descubrió cosas realmente interesantes.

La primera, que los enunciados teóricos de los investigadores constituían un elemento del paisaje urbano local que ella había comenzado a describir. Aquellos que escribían sobre la dualización también estaban preocupados por denunciarla, en la prensa, en los barrios, frente a la municipalidad. El conflicto también ponía en juego, entre estos arquitectos y urbanistas investigadores, una reconfiguración de la profesión y el vuelco de una parte de su generación al oficio de promotor. ¿Dualización de la ciudad, dualización de la profesión? Proponer este punto de vista sociológico sobre un debate político y teórico no pone de ningún modo en tela de juicio la autenticidad o la legitimidad de los compromisos de esos arquitectos y urbanistas críticos. Pero permite constatar que el discurso erudito sobre el objeto forma parte del objeto.

El otro descubrimiento es que este compromiso de los investigadores porteños con la acción parecía desvanecerse cuando cambiaba de escena: en las revistas, los coloquios, las notas a pie de página, la localización de los saberes desaparecía. Y daba paso a la teoría, a un debate sobre conceptos entre intelectuales deslocalizados, de referencia a conferencia, de conferencia a congreso. Observando este debate no como un juego conceptual, sino como una conversación entre personas reales, uno se da cuenta de que hay un pequeño mundo de investigadores, en Estados Unidos, en Europa, en Sudamérica, que se han ocupado mucho del problema. Ellos se han convertido en especialistas, se piensan y se plantean como cosmopolitas y utilizan este estatus como argumento una vez que volvieron a casa. Todos fundan sus reivindicaciones académicas y extra-académicas en una misma construcción teórica: las ciudades duales del actual capitalismo globalizado.

De este modo, un primer aspecto de la posición reflexiva de Eleonora Elguezabal es considerar que la cuestión misma a la que su investigación quería responder formaba parte del objeto de la investigación. El pintor está en el cuadro, los investigadores pertenecen al mundo social que tienen por tarea describir: por lo tanto es útil estudiarlos para estudiar el mundo social en sí mismo.

Un segundo aspecto concierne a la definición del objeto de estudio. Es habitual, en un trabajo de ciencias sociales, definir de qué se habla antes de hablar de eso –lo que debemos entender por “edificio cerrado” o “torre”, por ejemplo. Pero ella evita hacerlo, ya que la misma definición del objeto forma parte de lo que está en juego y de lo cual se trata de dar cuenta.

Esto implica toda una postura intelectual y un programa de investigación. En primer lugar: las palabras cuentan. No portan su sentido en sí mismas, sino que es el uso, es decir los hablantes en situación, quienes definen su significado. En otros términos, el sentido de las palabras resulta de conflictos sobre las definiciones donde los actores reunidos en la investigación están comprometidos, volens nolens; desde el promotor hasta el administrador, desde el arquitecto al portero, desde el propietario en la torre a aquel de una casa vecina. De ahí la atención a la pluralidad de los vocablos utilizados para designar más o menos la misma “cosa”: “torres”, “torres country, “complejos”, “emprendimientos”. Todos no emplean las mismas palabras según el contexto de enunciación y las finalidades perseguidas, y no todos ubican las diferencias en el mismo lugar. En esta proliferación de apariencia desordenada hay un orden oculto: el de las luchas de clases y de sus expresiones cambiantes. Así, para un administrador, “complejo” no designa un tipo de inmueble, sino una técnica de gestión, moderna y más eficaz, del trabajo de servicio. También notemos esta palabra deliciosa, country, que designa, en la Buenos Aires de hoy, un conjunto residencial perfectamente urbano, aunque a menudo sea periférico.

Esta obra pone entonces en discusión la evidencia de la tipo-morfología “edificio cerrado”: es una forma social antes que una forma física. Forma social cuyas propiedades son puestas en discusión, pero de las cuales no se presume jamás que coincidan con una forma arquitectónica: la torre, por ejemplo. Las fronteras espaciales y las fronteras sociales no coinciden necesariamente. Si las primeras se pueden construir de una sola vez, es preciso tejer y retejer las segundas día tras día y  todos participan en ese trabajo, no sólo el promotor, el arquitecto o el empresario.

Un tercer aspecto, finalmente, de la sociología reflexiva ilustrada aquí, es la reflexividad en acción durante la investigación, la relación de la investigadora con el terreno. Eleonora Elguezabal ha comprendido muy pronto que era inútil hacer como si la socióloga no estuviera presente. Que era ilusoria la pretensión de eliminar los “sesgos” introducidos por “el punto de vista” del investigador. Al contrario, se trata aquí de una estrategia de investigación donde la perturbación introducida por la presencia de la observadora se transforma en un sistema experimental, una manera de descubrir cosas. En la exposición misma de los resultados, la autora no omite la descripción del lugar que los entrevistados le atribuyen y las expectativas que ese lugar entraña para ellos en esta transacción particular que constituye la investigación. De esta atención surgen, de nuevo, otros descubrimientos. Son las idas y vueltas entre una persona y otra las que permiten observar la segmentación de las categorías del personal en las torres o las redes familiares que vinculan entre sí los edificios. Suele decirse que el trabajo de campo es como una bola de nieve que va creciendo a medida que el investigador sigue y se deja guiar por las redes de relaciones que vinculan a las personas que encuentra en su terreno. Pero la bola de nieve no crece en cualquier dirección; encuentra obstáculos, se reanuda, se detiene. De esta manera se revelan configuraciones, redes, fronteras. Asimismo, la práctica de circulaciones físicas en las residencias, que depende de las autorizaciones que han sido o no acordadas a la autora, es la que le permite describir la estructuración del espacio interno de las torres. Entrar en edificios cerrados no era un asunto menor, pero la reflexividad ha transformado en recursos las dificultades de la investigación.

CT

 

El autor es sociólogo e historiador. Director de investigación en el CNRS francés, investigador en el Centro de Sociología Urbana de 1968 a 2008 y en el Centro Maurice-Halbwachs desde 2008. Entre su valiosa producción destaca por su influencia en América Latina “La urbanización capitalista: algunos elementos para su análisis” (México, 1979. Edicol).


Número 121 I Política de las ciudades (I)
La urbanización post-salarial I Topalov, la sociología urbana y la ciudad I Por Marcelo Corti y Demián Rotbart

Eleonora Elguezabal define así su “itinerario”:

“Originaria de Buenos Aires, me crié en un medio cercano a la arquitectura y al planeamiento; a los veinte años partí a Francia a estudiar Sociología, donde me formé (en particular en la Ecole Normale Supérieure y en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales) en la etnografía, en la interdisciplinariedad en las ciencias sociales, y donde me interesé particularmente en las relaciones de clase en el trabajo de servicio. Retomando el autoanálisis que hace Teresa Caldeira en un trabajo muy cercano al mío, adquirí así un “doble acento” (producto de un cruzamiento entre espacios y lenguas múltiples) que dio forma a mi investigación”.

 

Sobre las “torres” de Buenos Aires, ver también entre otras notas en café de las ciudades:

Número 34 I Tendencias 
La génesis de Torre Country I Una tipología antiurbana (II). I Mario L. Tercco

Número 33 I Tendencias 
Los deseos imaginarios del comprador de Torre Country I Una tipología antiurbana (I) I Mario L. Tercco

 

La política en la violencia y lo político de la seguridad

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Una mirada arrabalera a Buenos Aires

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